domingo, 24 de octubre de 2010

Todo lo que se hace por amor

De los pecados que están establecidos y debidamente clasificados tengo de todos un poco, de algunos mucho. Y esta afirmación no tiene en absoluto el objetivo de hacerme sentir culpable, porque a esta altura ya aprendí que es inevitable. Me sirve, en cambio para no engañarme. Porque cuando me miro limitada, soberbia, desconfiada y temerosa, incapaz para la alegría y triste casi de profesión, sé que yo también necesito una mirada de amorosa compasión sobre mi vida.

Solo así se me va la hipocresía que me hace sentir que yo estoy bien y vos mal.

A todos mis amigos torpes e imperfectos como yo les agradezco el paso por mi vida. También la comprensión en los días en que solo pienso en cambiar el mundo con violencia. Los que me quieren saben que me muero de impaciencia y que me duele la espera en mis tiempos de ceguera. Pero gracias a ellos sigo aquí .

Porque el escándalo del amor lo supera todo y es la única respuesta, el bálsamo donde todo se cura, el punto de llegada y de partida.

Y me equivoco mucho y vos también y soy terriblemente incapaz de vivir aceptando mi destino.

Nietzsche, que como nosotros era un desesperado, también lo dijo: todo lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal.

domingo, 26 de septiembre de 2010

UNA PALABRA

Cuantas veces precisamos la vida entera para cambiar de vida, lo pensamos tanto, tomamos impulso, y vacilamos, después volvemos al principio, pensamos y pensamos, nos movemos en los carriles del tiempo con un movimiento circular, como los remolinos que atraviesan los campos levantando polvo, hojas secas, insignificancias, que a más no llegan sus fuerzas, mejor sería que viviéramos en tierra de tifones. Otras veces es una palabra cuanto basta.

( José Saramago .La balsa de piedra)

Enredados. Desafortunadamente encadenados al destino. No sabemos si está todo bien o todo mal. Nos fue saliendo así, como una planta que a veces crece torcida y otras, se va en vicio.

Una mañana, uno sale al balcón empuñando el mate recién cebado y declara: A este malvón hay que podarlo! Un rato después, tijera en mano, lo despojamos sin dudar de todo lo que sobra, sin avaricia, sin temor. Y el cambio es una fiesta, un despertar de brotes escondidos, un alivio de la pesadumbre de hojas secas, desgastadas. Confiamos, sabemos que la vida recomienza, que nada se pierde, que la poda es ganancia, paradójica como todas las verdades que vale la pena conocer.

El punto de inflexión está en los diez segundos antes, cuando tijera en mano, no sabemos lo que puede suceder, porque hemos aprendido cuánto somos capaces de equivocarnos, hasta qué punto, con que aparentemente terribles e irreversibles consecuencias. Tenemos miedo. Dudamos. Nos permitimos, por un segundo, creer que el destino, todo el destino está en nuestras manos. Le atribuimos a nuestra pequeña y desdichada acción , envergadura de decisión fatal, de creación divina, de poder absoluto. Temblamos. Porque no esperamos ser salvados de nosotros mismos. Como un niño que no sale a jugar por miedo a ensuciarse o a romper algo. Nos creemos dueños absolutos, pequeños dioses.

Prisioneros de nuestras propias prisiones, contemplándonos infinitamente en un auto construido panóptico nos volvemos exigentes, inflexibles, despiadados. Nos exigimos mucho, pero no nos alcanza, de modo que exigimos también al resto. A los otros, a los que nos rodean. Pedimos cuentas. Porque la vida es una cosa seria. Porque no hay redención, ni perdón.

Nos creemos, sin dudar, que las cuentas claras conservan la amistad. Andamos con la libreta a cuestas, anotando, una por una, las cosas que se nos adeudan. Y todo sigue siempre igual, pero pensamos que no es culpa nuestra.

Y todo eso es polvo, remolino, insignificancia, porque no estamos dispuestos a escuchar ni una palabra.

Sin embargo, a veces es una palabra cuanto basta.

viernes, 17 de septiembre de 2010

VOCACION


De golpe nos vi. Estábamos los dos parados a cierta distancia del borde de la vereda. Mirábamos cómo los chicos jugaban y se ensuciaban. Yo con mi vestido impecable de florcitas y los soquetes blancos. Vos, con tu remerita de algodón azul francia impecablemente planchada, el pantalón de sarga de esos que son para fiestas y los zapatos lustrados como un espejo.

Te miraba de reojo. Te espiaba.

De repente me daba cuenta de que vos también me estabas viendo. Entonces, como un rayo, mis ojos se dirigían al piso mientras el corazón me saltaba como si fuera una de esas pelotas de goma chiquitas que rebotan por todas partes. El universo de mis zapatos guillermina y el dibujo gastado de las baldosas ocupaban todo mi campo visual. No podía moverme. Escuché que una voz de mujer adulta te llamaba : ¡Juan! Y no pude evitar levantar la mirada como si ese grito fuera una orden, poderosa, invencible, que dominaba mi débil voluntad.

Mis ojos se cruzaron con los tuyos y fue como millones de mensajes pidiendo ayuda intercambiándose en segundos. La imagen del náufrago en la isla, de Ulises peleando contra la tempestad, de Penélope resistiendo a los pretendientes, todas se me vinieron a la mente, mientras una mano de persona adulta te llevaba lejos de mi vista.

Yo me quedaba sola, como siempre, en medio de esa enorme soledad de los chicos que no tienen permiso para jugar porque mezclarse con los otros está mal y puede acarrear siglos de gritos y privaciones.

Miraba a Belén y a Gloria con sus trenzas desechas, desparejas, entrar y salir del elástico. Se reían, se empujaban. Yo también sé jugar al elástico, pensaba. Cuando me quedaba a solas con mi abuela, lo enganchaba entre dos sillas del comedor y saltaba y me daba cuenta de que no era tan difícil como parecía de lejos, de que yo también podría jugar si alguien me lo propusiera.

Era lindo estar en la vereda un rato. Respirar el aire, sentir el frío en la cara, escuchar los pájaros que revoloteaban en el árbol del vecino.

Volvía a mirar ese lugar que vos ocupabas cuando estabas, cuando te dejaban salir. No estabas. No ibas a regresar ese día. No antes de que mis papás volvieran del supermercado y me llevaran de vuelta. Pasaban los coches, las bicicletas, las señoras con perros y yo seguía ahí, inmóvil pero feliz, como los presos cuando los dejan salir al patio. Eso lo había visto en una película. Los presos que tenían que estar encerrados porque eran malos, - porque si no hacían desastres, como yo - , podían salir un rato al patio. Todos los días salían. Yo me portaba bien, me esforzaba, era la abanderada, pero igual había muchos días que me quedaba adentro.

Volvía a pensar en vos. Yo sabía que te llamabas Juan porque se lo había escuchado a tu mamá. ¿Qué estarías haciendo en ese momento?

Un Fiat 1500 azul se estacionó frente a mi. Me tomó desprevenida. ¡Eran ellos!

¿Qué estás haciendo aquí afuera? ¿ Con qué permiso? , me saludó la voz de mi mamá con su habitual tono de reproche.

¡Andá ya para adentro! , agregó mi papá que como siempre no quería quedarse en el bando contrario.

Me di vuelta y entré en la casa. Mi mamá le seguía diciendo a mi papá – como si yo no estuviera ahí o fuera de palo – : “la próxima vez nos la llevamos porque tu mamá la deja hacer cualquier cosa”

Miré por última vez a las chicas jugando en la vereda. La ventana me separaba de los ruidos, del aire, del olor de la calle.

Se había acabado el recreo. Busqué un libro y me senté en mi cama. Era Mujercitas. Jo escribía novelas encerrada en el altillo y yo pensaba: cuando sea grande voy a ser escritora.

viernes, 16 de julio de 2010

Extraños

Cuando te miro sé que no te conozco.
Ni siquiera un poco. Aunque la fantasía y la omnipotencia me digan que si.
Te cruzo en la calle o en la oficina.
Te conozco de hace dos días o de hace veinte años.
Me hablás , me decis cosas o incluso intentás que trabaje a tu lado.
Querés que hagamos cosas juntos o que tomemos un café.
Yo te digo que si, porque soy naturalmente dada a hacer "sociales".
Nos sentamos en alguna mesa, lejos de la puerta y hacemos de cuenta que sabemos lo que queremos.
Yo pido un café amargo y sin azúcar.
Vos , casi seguro que no.
Hacemos planes y nos contamos cosas.
Me entusiasmo y casi siempre hablo de más.
Me arrepiento. Me callo.
Nos sondeamos. Pensamos: ¿qué estará pensando? , e inevitablemente tratamos de controlar.
Me agoto. Me censuro. Me achico en el asiento y miro el reloj.
Cuento los minutos que faltan para salir huyendo.
Una vez más me encuentro con la chica esa que sabe que le da miedo la gente.
Y me pregunto ¿qué hago aquí?
Entonces miro tus ojos, llenos de vida, de deseos, de sueños.
Me conmuevo. Vuelvo a mirarte, no con la cabeza, con el corazón.
Ya no sos un extraño. Algo tuyo me quebró el alma. Me invadió.
Te cobijo. Te albergo. Te cuido.
Me asombro de tu historia tan igual y tan diferente a la mía.
Te reconozco.
Algo nuevo comienza.
Algo viejo termina.
Este también es un final feliz.


martes, 29 de junio de 2010

El paso

Quiten esa piedra
que está oscuro
y hace
un frio
cada vez mayor
Quiten esa piedra
que me impide
ver
al que ha de venir
a salvarme
a rescatarme
a darme
una oportuna
vida nueva
Quiten esa piedra
que coloqué
con tanto
cuidado
durante
tantos años
y sellé
con mis miedos
y temores
(con mi desconfianza)
Quiten esa piedra
con la que
yo mismo
me encerré
aquí adonde
la salvación
no llega

miércoles, 23 de junio de 2010

todavia estoy aqui

y no se me pasan las ganas de seguir estando...aunque escribir siga siendo mi asignatura pendiente.
Lo que hago cuando cumpli con todos mis deberes, que no son pocos.
Voy por la revolucion de lo que debe ser.
Espero llegar a revolver lo suficiente.
Como para reencontrarme y reencontrarnos

viernes, 1 de enero de 2010

fin de año año de fin

y la escritura que me llama y no me deja en paz.
Escribiendo siempre, aunque más no sea en la servilleta de un bar, atrás del boleto de colectivo, en una libretita, en la compu...escribir, decir, jugar con las letras, pensar y repensar.
Escrbiendo y dudando acerca de escribir.
Una vez más. Intentando. Ser fiel a mi misma.
Aprovechando la oportunidad de recomenzar.
Hoy
Aunque las cosa sean algo imperfectas, es decir humanas.

lunes, 27 de abril de 2009


Rompecabezas

Un rompecabezas tiene piezas
chiquitas,
confusas,
diminutas.
Piezas de colores.
Todas mezcladas.
Lleva tiempo saber
cuál es cuál .
Para qué sirve
cada una
o qué lugar ocupa,
qué es lo mismo.
A veces,
pongo alguna en el lugar equivocado,
y paso mucho tiempo,
dando vueltas alrededor
de una mentira,
o de un error.
Se me pierden,
no las encuentro.
Y yo, que naturalmente,
soy un desesperado,
me desespero.
Llego a pensar
que no existen
que vino fallado,
el rompecabezas.
Y que eso me pasa
justo a mi.
A mi.
A mi.
No a los otros
que compran rompecabezas completos.
Perfectos.
No.
A mi me pasa,
que las cosas me vienen falladas.
Hasta que al final,
cuando menos lo espero,
la encuentro,
a esa maldita pieza,
que parece que tiene vida propia,
que complota contra mi,
y no le importa,
que yo sufra
su ausencia.
Porque ella,
egoísta,
necesitaba esconderse un rato.
Hacerme pensar
que estaba todo mal,
que nada tiene sentido,
que los rompecabezas son
horribles máquinas
diseñadas para torturar,
llenos de agujeros,
que gritan:
¡Imperfección!
¡Vacío!
¡Soledad!

Un rompecabezas tiene piezas
chiquitas,
confusas,
diminutas,
que juntas,
a su tiempo,
nos muestran lo que son.
Y eso, es suficiente.

miércoles, 25 de febrero de 2009


Alguna vez fui chica.
Entonces había voces gritando.
Decían que era responsable de mi destino.
Me dieron una lista interminable de deberes que cumplir.
Me explicaron lo que se podía y lo que no.
Es decir, las instrucciones para llegar a la orilla.
La fórmula para un final feliz.
Con hijos obedientes.
Con un marido atento y una casa con jardín y olor a café recién hecho.
Me explicaron.
Que había que tener algo de plata en el banco y no deberle nada a nadie.
Y que si era necesario, estaba permitido mentir.
Que tuviera cuidado de los poderosos y no anduviera por ahí desnudando verdades ni diciendo esas cosas que se consideran tan inconvenientes.
Me dejaron bien en claro que había que mirar para el otro lado cuando el ladrón de turno metía la mano en la lata.
Porque esa era la fórmula , para terminar bien.
Para una vida feliz.
A mi no me salió.
Fui como una inútil para la felicidad de receta.
A último momento siempre hice otra cosa.
Por eso no se, si soy feliz.
Porque no tengo marido, aunque mi casa muchas veces huele a café recién hecho.
Porque mis hijos son desobedientes.
Y suelen hacer lo que ellos quieren.
Y muchas veces hablo demás.
Por eso mi ascenso se lo llevó el amigo de alguno.
Uno de esos que no trae problemas.
Y no fue un final feliz.
De esos que salen en las películas.
Eso terminaría así.
Si pudiésemos saber cuantos finales tiene un final

sábado, 31 de enero de 2009

La silla


Como todas las mañanas estaba revolviendo la taza de café. Casi no levantaba la cabeza para mirar la cola de gente que afuera, medio muerta de frío, esperaba para ser atendida. Sacó el paquete de galletitas Manon y se sintió como cuando estaba en el recreo, en la escuela. Ese trabajo en la mesa de entradas se parecía bastante a los días de clase. A nadie le importaba qué estaba haciendo mientras siguiera sentada ahí. El jefe ni se acordaba su nombre de pila y no sabía nada de su vida. Cada tanto se bajaba los anteojos y le señalaba algún error que se le había pasado.
Todo hubiera sido bastante soportable sino fuera por ese tema de las sillas. En sus años ahí adentro había conseguido una bastante buena. No estaba floja. Tenía el respaldo derecho y los dos apoyabrazos. Se había acostumbrado a ella como a todas las demás cosas. La misma taza de café, el mismo escritorio, el paisaje de avisos viejos y medio despegados que informaban al público cosas acerca de trámites que ya ni siquiera se hacían allí.
En ese pequeño mundo de papeles sellados Miriam se manejaba de maravilla. Sabía mirar al que llegaba con una actitud distante que enseguida lo hacía sentir en falta, como culpable. Durante unos minutos la vida de esa persona estaba en sus manos. Podía facilitársela o todo lo contrario. Podía acelerar o retrasar las cosas a su antojo. Miraba los papeles con cara de preocupación y levantaba el teléfono como quien se comunica con el Presidente de la Nación. Hablaba bajito, mascullaba palabras. Luego arrojaba al rostro estupefacto de su víctima un “Veremos que se puede hacer”. Al rato podía sentir la respiración agitada de su interlocutor, las manos nerviosas, la mirada alerta.
- Por esta vez pasa , anunciaba mientras devolvía las hojas llenas de membretes y firmas, inexorablemente escritas en letra times new roman pto 12.
Disfrutaba su pequeño espacio de poder, esos instantes en que sentía que todo dependía de su buena voluntad. Sin embargo, hacía quince días había comenzado a padecer cierta inquietud.
Era innegable que algo pasaba. Lo primero que notó fue un cambio en la silla del compañero de enfrente. No era la misma de siempre. Era de otro color y parecía más nueva. No se atrevía a preguntar, pero no podía sacar los ojos de allí. Era nueva. Indudablemente. Tenía de esos mecanismos que suben y bajan.
Se distraía una y otra vez. Sin darse cuenta se encontraba, de repente, asomándose por el costado de la persona que estaba atendiendo para observar lo que sucedía enfrente.
Era evidente que el humor de su compañero había mejorado. Demasiado. ¿Qué merito había hecho el tipo ese para conseguir una silla nueva? Antigüedad no, porque ella era la que estaba en el sector desde hacía más tiempo. Podía ser amigo de alguien. Para colmo de males, era un mocoso. Tendría unos veinte, veintitrés años. ¿Qué había hecho el mocoso ese para merecer una silla nueva, mientras ella, que llevaba años sentada allí, debía conformarse con su silla de toda la vida?
De camino a su casa, no dejaba de fantasear. Se imaginaba a su compañero cayéndose al piso, a causa de un desperfecto inesperado; o a veces incluso fantaseaba con una enfermedad repentina que le impedía concurrir al trabajo por meses y con el jefe de sección ofreciéndole la silla diciéndole: Usted se la merece, puesto que es la más antigua del sector.
No se sabe bien cuando las fantasías dejaron de ser ilusiones pasajeras y se convirtieron en lo que fue después un detallado plan de acción.
La situación se agravó un día lunes cuando, al llegar, notó algo inesperado. Uno de los apoyabrazos de su silla estaba roto. Nadie supo, ni quiso, ni pudo, dar una explicación a un hecho que era importante solo para Miriam.
Todos tenemos alguna parte de la silla rota , le contestaban sus compañeros de “contabilidad y pagos”. No faltó quien, conociéndola de tiempo atrás, le dijera: ¿Por qué no le pedís a Hernancito que te cambie tu silla vieja por la nueva que le dieron?
La verdad es que ella nunca le había dirigido la palabra al mocoso. Ese día atendió a la gente peor que nunca. Tardaba en llamar, ponía impedimentos de todo tipo.
“Este documento de identidad está demasiado roto, va a tener que renovarlo antes de que le pueda tomar el trámite”; “esta fotocopia no sirve, está demasiado clarita, no se puede leer”; “este arancel está vencido, va a tener que pagar otro nuevo y dudo que le devuelvan la plata, si quiere quejarse, ahí está el libro”.
Sin embargo, ninguno de sus compañeros dio importancia a estos pequeños gestos de disgusto, en los que tarde o temprano todos incurrían.
Ese día a la salida lo siguió. Unos pasos atrás. Nadie la notaba en la marea de gente que volvía a su casa las seis de la tarde.
Al día siguiente la silla nueva de enfrente estaba vacía. No se sabía nada de Hernán. Miriam, como todos los días, revolvía su taza de café mientras comía con avidez el paquete de galletitas Manon.
La noticia llegó al mediodía. Muerto. No se sabía nada. La policía tomaba parte. Quizás los interrogaran a ellos también.
A la mañana siguiente cuando el teniente Gómez preguntó en donde se sentaba el muchacho de 23 años, estudiante de derecho que había muerto en forma trágica y cuya muerte investigaba, fue la misma Miriam quien lo acompañó hasta su escritorio para mostrarle la silla bastante usada con el apoyabrazos roto.
- Es aquí, se sentaba aquí en este lugar.

viernes, 23 de enero de 2009

Cuatro



Eramos dos.
Una queria ,
la otra no.
Y yo no sabia
quien era quien.
Una tenia mucho miedo
de todo,
de perder,
de ceder.
La otra,
lejana,
distante,
solo pretendía para su vida
un poco de cordura.
Eramos dos
todo el tiempo,
una salía,
la otra se escondía,
detrás
de la arrogancia,
de la sonrisa,
de la palabra,
del silencio.
No podíamos estar
juntas
sin traicionarnos.
Así fue como,
sin quererlo,
nos enamoramos
de ustedes,
que también
tenían
mucho miedo
de perder
de ceder
y no podían
ponerse de acuerdo,
sobre las ganas
de morir y de vivir.
Ahora somos cuatro
y no podemos
estar juntos
sin traicionarnos
sin poder dejar
de espiar,
sin que se note,
que somos
a veces
felices
de estar juntos
los cuatro.

viernes, 16 de enero de 2009


Hace calor en Buenos Aires. Como todos los veranos. Pero estamos de mal humor como si fuera el primero. Esto no es La Habana me dice el taxista mientras traspira en su auto no tan nuevo, no tan cero km, sin aire acondicionado. Y claro pienso, si estuviéramos en La Habana no nos importaría este calor de mierda, pegajoso, húmedo, porque seríamos cubanos y tendríamos una historia de sudores, de ropa pegada al cuerpo al ritmo del baile, de morochas semi desnudas ofreciendo una tregua, un intervalo de pasión.
Pero nosotros somos argentinos, porteños para peor. Desconformes. Rebeldes al pedo. Incapaces de agradecer. Rápidos para la queja.
A nosotros, los porteños, no nos gustan los finales felices.
Somos así .
Desconfiados.
Cautelosos, me dirá Usted.
Desconfiados.
Resignadamente desconfiados.

¿Cuándo es el final
y cuándo el principio?
¿Y con qué medida
medimos
el momento en que
la historia empieza
y termina?
Es importante
para saber
si es un feliz comienzo
o un final feliz
Hoy todavía
no se
si lo que estoy buscando
es empezar algo nuevo
o terminar algo viejo

jueves, 15 de enero de 2009

Todos buscamos un final feliz


Indiferentes,
ambiciosos,
cautelosos,
atrevidos,
desconfiados,
con el corazón desbocado
de odio
o de ternura,
todos
creemos que sabemos
ser felices
hasta que viviendo
descubrimos
lo contrario
Bienvenidos a Finales Felices... un espacio para buscar y quizás... encontrar.